miércoles, 2 de septiembre de 2009

Momentos mágicos

Como médico de familia, tendrás el privilegio de conocer a mucha gente, sus necesidades como comunidad y como seres humanos. Valora y cuida sus historias. Son el rico tapiz de la medicina de familia, tejido con tus experiencias, tus emociones más profundas, tus desafíos, tus alegrías. James Rourke.

Hoy en la consulta recibí una llamada a eso de las 12:30. Se trataba del marido de una paciente (a la que no conocía).

El señor, de unos 80 años, quería que fuera a ver a su mujer al domicilio. Nervioso me decía que ayer habían ido al hospital, que le habían dado unos papeles "para el neurólogo" y que ella estaba muy mal, muy mal...

Tratar de enterarse por teléfono de lo que le pasa a un paciente es muy complicado, sobre todo cuando no conoces el caso (y sobre eso los que trabajan en el 112 saben mucho).

Me resultaba imposible saber si la paciente estaba tirada en el suelo sufriendo un infarto cerebral o simplemente el marido estaba asustado o aturdido. En el primer caso conviene activar una ambulancia a través del 112, en el segundo basta con tranquilizar al familiar y acudir al terminar la consulta.

- "Pero dígame, ¿qué le ocurre ahora mismo a su mujer?"
- "Mire, está muy mal... tienen que venir..."
- "Si, pero dígame... ¿cómo está ahora?¿está consciente? ¿se ha caido?"
- "¡Ya estamos!... yo no soy el médico... ¿va a venir o no?"
- "Si, no se preocupe que voy a ir, pero necesito saber si está muy grave para avisar a una ambulancia"
- "¿Va a venir o no?... si no quiere venir ¡dígamelo!"
- "No se preocupe, que yo voy a ir."
- "Pero ¿cuando? ¿por la noche?"
- "No, como muy tarde dentro de 30 minutos que acabo la consulta"
- "Ah, bueno, pues entonces le esperamos aquí... está bien"

Por las respuestas supuse que no se trataba de una emergencia "vital", sino que el paciente trataba de ocultarme lo que ocurría como para "convencerme" de que fuera a su casa. Probablemente se trataba de algo de escasa importancia clínica en un paciente anciano inmovilizado con un familiar agobiado.

Acudí a la casa, no sin antes encontrarme por la calle con otro paciente al que había visto el día anterior y que, tras llamarme a grito pelado "¡doctor!¡doctor!" me mostró como había evolucionado su lesión en la piel (que por cierto se había infectado, así que le dije que se citara al día siguiente).

Una vez en el domicilio me encontré con una mujer de unos 80 años, con una afasia (que la impide hablar, aunque comprende perfectamente todo lo que se le dice) y una parálisis de medio cuerpo todo ello ya conocido previamente, sentada en un sofa. Su marido me mostraba un informe de alta de urgencias donde hablaban de lo que parecía un cuadro de mareo presincopal con vómito (probablemente un "corte de digestión").

El marido estaba algo agobiado, pero exploré a la mujer que parecía estar bien. Recomendé cambiar el medicamento contra el vómito por otro que no produjera tantos efectos adversos en el sistema nervioso y básicamente me limité a tranquilizar a la pareja de ancianos.

Muchas veces se nos olvida que los médicos somos las mejores "pastillas" y nuestra simple presencia tiene un poder terapeútico importantísimo.

El señor se disculpó por haberme "hablado mal" por teléfono, asunto al que resté importancia. Hasta aquí una consulta domiciliaria normal.

Pero entonces ocurrió el momento mágico. Les pregunté un poco sobre su vida y el señor comenzó a hablar de cómo conoció a su mujer "por culpa de una perra gorda" hace 60 años. Al parecer él y sus amigos no se ponían de acuerdo sobre donde pasar la noche del sábado. Él prefería ir al centro de Madrid a "las cañas" pero otros querían ir "al baile" en Getafe (que estaba a 2 kilómetros andando). Se lo jugaron a cara o cruz con una perra gorda... y salió Getafe. Esa noche se conocieron en el baile "Y desde entonces aquí estamos...".

Entonces la mujer comenzó a reirse, con los ojos humedos de la emoción.

Supe que mi trabajo había terminado por aquel día. Ese fue sin duda un momento mágico, de esos que se quedan en la retina.

A veces ser médico especialista en personas es duro. Pero me alegro de no trabajar en una oficina o en un banco, me alegro de trabajar con personas. Porque compartir esos momentos mágicos merece la pena.


*Video visto en El Bálsamo de Fierabrás

6 comentarios:

  1. ¿Es que soy el único al que estas historias le ponen la piel de pollo? Al menos a mí, este tipo de entradas me recuerdan el motivo por el que agregué este blog a mis marcadores.

    Gracias y un saludo. :)

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  2. O_O!

    (¿Es verdad lo de la huella del pie del crío? ¡No lo sabía!)

    Un saludo, B.

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  3. Muy bien Bonis. Admito que a mi me cuesta trabajo convertir en un "momento mágico" situaciones como salir de casa a las 7:30 am para ir a trabajar y encontrarme con un paciente esperándome en el portal para que vaya a ver a su familiar. Tendré que currármelo más.
    Lo de la huella del pie del crío es verdad y en algunos sitios les ponen un número en la espalda para no confundirlos.

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  4. No me puedo creer que este sea un momento magico de esos que se quedan en la retina, si de esos tengo todos los dias en la consulta varios, de los cuales no me creo la mitad. Tambien hay vida tras la consulta y ahi es donde yo vivo mis momentos mas magicos.

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  5. > No me puedo creer que este sea un momento magico de esos que se quedan en la retina, si de esos tengo todos los dias en la consulta varios, de los cuales no me creo la mitad.

    Hay quien deja colgado su cerebro antes de entrar a trabajar. Otros dejan colgado su corazón. Eso que se pierden.

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  6. Anónimo: si tu vida no está hecha de esos momentos, mereces mi compasión. Lo siento.

    Eva P

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