"Seguro de muerte de jornalero" es un término que suena a parodia de Faemino y Cansado. Si realmente fuera cierto. Este es un ejemplo de lo que significa: en 1999, Michael Rice, un empleado de 48 años de los supermercados Walmart, se desmayó mientras ayudaba a un cliente a cargar un televisor en el coche. Murió una semana después y una compañía de seguros pagó 300.000 dólares por su muerte. Así que en eso consisten los "seguros de muerte del jornalero".
Aparentemente una historia común; el truco está en quienes fueron los que se beneficiaron del seguro. No fue la familia de Rice, que no vio ni un céntimo, sino Waltmart. En un juicio posterior, se descubrió que Waltmart tenía cientos de miles de este tipo de seguros sobre sus empleados, de modo que cada vez que uno de ellos moría, la gran corporación conseguía una pequeña ganancia inesperada. En esto consiste, en resumen, el seguro de muerte de jornalero, también conocido como el seguro de conserjes. Un ejemplo de los seguros denominados Stoli, esto es "seguros de vida originados por terceros", en otras palabras, pólizas de seguro tomadas sobre tu vida por otra persona, no en tu nombre sino en nombre de otros.
Michale Sandel es profesor de ciencias políticas en Harvard, y uno de los más conocidos intelectuales de America. Logró alcanzar un bestseller con su último libro titulado "Justicia", el tema de un famoso curso que imparte en Harvard, y fue profesor en las sesiones de Reith en 2009. Su nuevo libro "Lo que el dinero no puede comprar" es un estudio de los limites morales de los mercados. Para él, la historia de los seguros de muerte de jornaleros es un ejemplo de como la introducción de los valores del mercado puede cambiar el carácter de una industria. Sandel muestra como los seguros de vida, que tuvieron sus orígenes en la idea de que se podía mitigar el impacto económico de la muerte en los supervivientes y dependientes, una idea que siempre ha sido controvertida y de hecho fue ilegal en gran parte de Europa, se había corrompido gradualmente en una forma de apuesta contra la vida de otras personas.
Otro ejemplo de este proceso fue el desarrollo de los "viáticos". Fueron pólizas de seguros de vida que habían sido suscritas hacía muchos años por personas que empezaron a morir de SIDA. Las compensaciones de estos seguros eran valiosas, de modo que se desarrolló un mercado en el cual estas pólizas eran compradas por inversores, que darían al enfermo de SIDA una cantidad de dinero y luego se encargarían de cubrir sus cuidados médicos durante la fase terminal de la enfermedad. Entonces, cuando el paciente muriese, la póliza sería pagada al inversor: bingo! La clave para los inversores era que cuanto más tiempo viviese el paciente, menos beneficios obtendrían. "Hubo ciertos retornos de inversión enormes", dijo el presidente de una compañía especializada en viáticos, "pero también algunas historias horribles cuando la gente vivía más de lo esperado".
Esta evolución, es para Sandel, paradigmática. Todos entendemos de manera instintiva la idea de un seguro de vida; la mayoría sentimos una repugnancia instintiva a la idea de la industria de viáticos o de seguros de muerte de jornaleros. Cuando el pensamiento de mercado penetró en la industria de los seguros de vida, se cruzó una línea moral, y la aplicación de las ideas de libre mercado llegó demasiado lejos.
Ello muestra lo que ha ocurrido con la creciente ubicuidad de las ideologías de mercado. Durante las últimas tres décadas, según cuenta Sandel, "los mercados, y los valores del mercado, han gobernado nuestras vidas como nunca lo habían hecho antes". Sandel no es socialista ni está en contra de los mercados per se. Está convencido del impacto positivo que los mercados pueden tener si se aplican en el ámbito correcto.
"Ningún otro mecanismo para organizar la producción y distribución de bienes ha probado ser tan exitoso para la generación de riqueza y prosperidad". Su foco, quizá de manera inesperada, no está en la crisis de 2008 y la gran recesión posterior. En cambio, Sandel está interesado en lo que él considera una pérdida de nuestra guía moral, más profunda y con mayores consecuencias que una crisis económica. "El mayor cambio acontecido en las últimas tres décadas no fue un aumento en la avaricia. Fue la expansión de los mercados, y de los valores de mercado en esferas de la vida a los que no pertenecen".
Hay un ejemplo que resumen bastante bien el argumento general de "Lo que el dinero no puede comprar". Se refiere a una guardería que para tratar de responder al problema de los padres que iban a recoger tarde a sus hijos decidió introducir multas. ¿Cuál fue el resultado?. El número de padres que recogía tarde a sus hijos aumentó. Los padres llegaban tarde, pagaban la multa y no se preocupaban más por el tema; la multa se había convertido en una tarifa.
El miedo al rechazo social y el miedo a hacer las cosas mal se basaba en valores no monetarios, y era una fuerza más poderosa que el propio dinero. La guardería volvió al sistema antiguo, pero los padres siguieron llegado tarde. La introducción de valores de mercado había exterminado las viejas ideas sobre responsabilidad colectiva. Una vez que la vieja "norma" de recoger los niños a tiempo se había mercantilizado, fue imposible dar marcha atrás.
Los mercados no son moralmente neutrales. Debemos tener esto muy claro. Como Sandel concluye: "La cuestión de los mercados es realmente una cuestión sobre como queremos vivier en sociedad. ¿Queremos una sociedad donde todo esté en venta? ¿O hay ciertos bienes morales y cívicos donde los mercados no son aceptables y que el dinero no puede comprar?"
Fuente original en inglés: What Money can't buy. The Guardian.
miércoles, 23 de mayo de 2012
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El ejemplo de la guardería es muy ilustrativo. Sin embargo, ¿No hubiese bastado con multiplicar la multa para enviar el mensaje contundente de que llegar tarde esta mal?
ResponderEliminarjuanpedrinyo, creo que estás tan influenciado por la ideología de mercado que eres incapaz de entender el problema.
ResponderEliminarEl problema no se resuelve así. Lo planteas como un problema de fijación de precios, es decir como si el problema es que el precio por llegar tarde una hora no fuese lo suficientemente alto.
Pero ¿qué pasa cuando fijas un precio?... pues que la gente que esté dispuesta a pagarlo ya no se siente culpable.
Es el mismo problema que defraudar a hacienda, contaminar el medio ambiente o despedir trabajadores. Si lo planteas desde un punto de vista meramente económico al final haces un cálculo económico y dices: si me cuesta X la indemnización por despedir al trabajador pero gano X+Y si lo despido (en forma de revalorización en bolsa por ejemplo) pues la decisión correcta es despedir al trabajador.
Pero despedir a una persona tiene unas consecuencias que no están contempladas en la ecuación X+Y, sobre su familia, entorno social y demás. Un empresario que se guíe por principios morales tendría esos parámetros en cuenta. No digo que ponga en peligro la supervivencia de la empresa por no despedir a alguien, pero maximizar el rendimiento financiero como único objetivo empresarial es una decisión moral (en mi opinión inmoral).
Llegar tarde a recoger a los niños a la guardería está mal, independientemente de que la multa sea un euro o un millón de euros.
Plantéatelo del siguiente modo:
Imagínate que vas a casa de tu suegra a comer un Domingo y después de comer sacas la billetera y dices: "la comida estaba buenísima, ¿cuánto te debo?" o invitas a una chica a cenar, se acuesta contigo y le dices "la cena me ha costado 100€, sin duda ha sido una buena inversión". Tu suegra o la chica te mirarían raro y se cabrearían, porque estás introduciendo lógicas económicas en relaciones que no lo son.
Hay otro experimento interesante. Pusieron a una persona en la carrereta con una rueda pinchada. En el grupo A, le pedía a la gente si podían ayudarle a cambiar la rueda. Un porcentaje X de gente le ayudaba.
Cuando en el grupo B, la persona ofrecía 1 dolar a cambio de que la gente le ayudara a cambiar la rueda el porcentaje de gente dispuesta a ayudar disminuyó. La gente decía "yo no cambio la rueda por un dolar, págame 40 y hablamos".
Julio, con la perversión que produce la mercantilización de actividades que antes no tenían esas connotaciones, acabas de abrir un tema que tiene innumerables aplicaciones. Incluso, llegando ya muy lejos, a la prestación de los servicios sociales mediante voluntariado vs. profesionalización. Menudo campo de discusión acabas de abrir.
ResponderEliminarAunque seas muy intuitivo, creo que mi comentario no es suficiente para calibrar cuan influido estoy por la ideología de mercado.
ResponderEliminarYo simplemente cuestionaba el experimento, que no me parece lo suficientemente completo como para defender tu tesis, aunque ilustra bien lo que quieres decir. Estoy de acuerdo contigo en que no tiene sentido mercantilizar algunas relaciones humanas.
Un saludo,
Juan Pedro
Por cierto, nos conocimos hace años. Tu trabajabas en Barcelona en el grupo de Ferran Sanz, y yo en Madrid, en el ISCIII, con Fernando Martin.
ResponderEliminar¿Todo bien?